RESACAS
Que andes con los ojos enroscados hasta el alféizar
negro del cerebelo dilapidado ante noche
y que te muerdas los dedos hasta que se te olvide
el círculo perfecto que te cuelga de la ceja
no es casualidad aunque las causas
por las que a uno le llegan las primeras muertes
siempre nos parezcan misteriosas.
A dos pasos de mí, dormías,
matutina sepultura,
tres metros bajo las sábanas.
Aquí yace Thomas Kulander —cantaban los narcóticos
de alguna juventud que no recuerdas.
¡Eras tan hermoso, otro, entonces! Pero ahora,
viejo, vagabundo y deprimido, dime
¿quién, quién irá a besarte a la hora
alcohólica del beso?
Adelaida Caballero