AMANECER EN EL PUERTO
El té,
sus exhalaciones
negras de tabaco y de frutillas
nos calentaban los pasos, empañaban
la caligrafía y los cristales.
A pesar del tiempo,
de ese frío cobardón
que se nos metía entre la ropa,
iba el puerto a paso sumergido
todavía levantado en llamas.
Éramos dos bestias de ciudad,
el aleteo
de un pájaro muerto junto al muelle,
voz transfigurada,
penitencias
de aquellos que jamás se arrepintieron.
Adelaida Caballero